Una de las primeras decisiones del presidente electo Abelardo de la Espriella fue una decisión de comunicación: designar dos voceros presidenciales. Los medios reportaron el nombramiento de Miller Soto y Carolina Gómez como voceros oficiales del nuevo gobierno. Puede parecer un asunto administrativo, pero en realidad revela la arquitectura del modelo comunicativo con el que pretende gobernar. En el siglo XXI, quien controla la conversación pública tiene una ventaja política, y ese parece ser el camino que está trazando.
Durante décadas, la comunicación presidencial en Colombia ha dependido casi exclusivamente del jefe de Estado y de comunicados oficiales, muchas veces lentos, reactivos y con escasa capacidad para disputar la agenda informativa. Abelardo propone un esquema distinto. Comprende que la información circula de manera permanente y que cualquier vacío termina siendo ocupado por rumores, interpretaciones o por la oposición. Por eso construye una estructura capaz de responder con rapidez, explicar las decisiones del Gobierno, anticiparse a las controversias, fijar los temas de discusión y mantener una presencia constante en la conversación pública. En términos de comunicación política, busca imponer el frame desde el cual se interpretan los hechos, evitando que sean sus adversarios quienes definan el significado de cada decisión gubernamental.
No se trata de una figura inédita. En Estados Unidos es tradicional la existencia del portavoz de la Casa Blanca, encargado de comunicar diariamente las decisiones del Ejecutivo y responder las preguntas de la prensa. Modelos similares también han sido utilizados por otros gobiernos, entre ellos el de Javier Milei en Argentina, con el propósito de fortalecer la capacidad de respuesta y sostener una narrativa permanente. La lógica es sencilla: no esperar a que otros definan la agenda, sino construirla todos los días, responder con rapidez y minimizar los espacios donde puedan imponerse versiones ajenas al Gobierno.
En política, la agenda nunca permanece vacía. Si un gobierno no comunica, otros comunicarán por él. La apuesta de Abelardo parece partir de esa premisa: hablar primero, producir noticia, marcar los temas de discusión y obligar a que el debate público gire alrededor de las prioridades del Gobierno. Solo resta ver cómo funcionará en la práctica este modelo, cuál será el esquema de declaraciones públicas de los voceros oficiales y qué tan efectiva será su capacidad para sostener el frame del Gobierno en un entorno político y mediático que cambia minuto a minuto. Ahí se medirá si esta innovación comunicativa logra convertirse en una verdadera herramienta para imponer la agenda pública.