Las elecciones presidenciales de 2026 dejaron una radiografía de cómo han cambiado las campañas electorales y de cuáles son hoy los elementos que necesita una candidatura para competir con posibilidades reales de éxito. Los resultados demostraron que el escenario es mucho más complejo: la comunicación política actual es una combinación de estrategia, emoción, tecnología, liderazgo, capacidad de movilización y construcción de narrativas.

Más allá de los resultados, las campañas de Abelardo de la Espriella, Iván Cepeda, Paloma Valencia y otros candidatos dejaron lecciones valiosas para quienes estudian, dirigen o participan en procesos electorales. Algunas tendencias ya venían apareciendo en elecciones anteriores, pero en 2026 terminaron de consolidarse. Estas son las doce lecciones más importantes que dejó la comunicación política en las elecciones presidenciales de Colombia.

1. La profesionalización de las campañas es cada vez más determinante

La primera gran lección es que las campañas son cada vez más profesionales, complejas y exigentes. La profesionalización ya no consiste únicamente en tener un buen logo, fotografías atractivas o videos bien producidos. Hoy implica construir una operación integral capaz de coordinar narrativa, territorio, redes sociales, influenciadores, pauta, movilización, respuesta rápida y producción masiva de contenido.

La campaña de Abelardo de la Espriella es un ejemplo de esta transformación. Más allá de las posiciones ideológicas, logró construir una estructura sólida con capacidad de reacción permanente, articulación territorial, presencia digital, producción constante de piezas y una narrativa coherente durante toda la contienda. Su campaña operó como un ecosistema donde convivían medios tradicionales, redes sociales, grupos de WhatsApp, influenciadores, eventos y voceros.

Mientras algunas campañas contaban con equipos preparados para producir contenidos, reaccionar a la coyuntura y disputar la conversación pública en tiempo real, otras tuvieron dificultades para construir una operación de comunicación con la misma capacidad de respuesta, como la campaña de Iván Cepeda, que nunca encontró un norte, lo que causó que ciudadanos en redes sociales le pidieran a la campaña que hiciera algo.

2. Los partidos políticos ya no garantizan victorias

Los grandes derrotados de la elección fueron los partidos políticos tradicionales. Durante años se asumió que una candidatura respaldada por estructuras partidistas tendría ventajas determinantes. Sin embargo, los resultados demostraron que los partidos ya no movilizan votos como antes. El ejemplo fue Paloma Valencia, quien sumó políticos y logos en su campaña, pero fue derrotada.

Abelardo de la Espriella llegó como un outsider, distante de las estructuras tradicionales, lejos de los partidos. No participó en ninguna consulta interpartidista y logró conectar con millones de ciudadanos. Al mismo tiempo, rechazó constantemente a sectores políticos, en primera y segunda vuelta, llamándolos "los de siempre".

Para amplios sectores de la ciudadanía, los partidos siguen asociados a prácticas tradicionales de la política, burocracia, corrupción o privilegios. La elección mostró que la identificación con una causa o con un liderazgo pesa más que la identificación partidista.

3. Los hiperpersonalismos siguen dominando la política

Los dos grandes fenómenos políticos de la contienda fueron Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella. Ambos representan liderazgos altamente personalistas, capaces de movilizar emociones, construir identidades y generar adhesiones más allá de las estructuras políticas. Los ciudadanos votan por una figura humana, pero que hiperexpresa sus atributos, tal y como lo hizo Abelardo con "El Tigre".

La experiencia de Iván Cepeda también deja una enseñanza relevante. Aunque contó con el respaldo del liderazgo político más fuerte del progresismo colombiano, no logró construir un hiperpersonalismo propio que complementara o sustituyera esa fuerza. La elección demostró que el capital político puede ser muy difícil de transferir cuando no existe una identidad propia claramente diferenciada, o cuando se debe brillar detrás de un liderazgo tan fuerte.

4. La emoción derrotó al discurso tradicional

Las campañas modernas no se ganan con propuestas técnicas o discursos extensos: el objetivo es generar emoción. Mientras algunas campañas mantuvieron formatos tradicionales basados en discursos largos y escenarios convencionales, otras apostaron por eventos diseñados para generar experiencia, espectáculo, participación y contenido digital. Hubo un candidato que leyó discursos plaza a plaza y no logró conectar con el electorado.

Los eventos políticos se parecen cada vez más a experiencias de movilización emocional. Música, símbolos, escenografía, interacción y construcción de comunidad se han convertido en herramientas tan importantes como el propio discurso del candidato. Eso lo generó Abelardo, cuyos eventos estaban cargados de símbolos, música, jingles pegajosos y un showman como candidato.

Los eventos de De la Espriella requerían chalecos antibalas y barreras de protección para el candidato. Lejos de debilitar su imagen, esta circunstancia reforzaba visualmente la narrativa de una candidatura que desafiaba poderes establecidos y operaba en un entorno de riesgo real. Ningún guión publicitario habría podido fabricar ese nivel de autenticidad percibida.

La escenografía de la protección se convirtió en un elemento de comunicación emocional: significaba urgencia, coraje y confrontación frontal con las fuerzas que, según su propio relato, preferían que no llegara al poder.

5. Las redes sociales son el principal campo de batalla

Las elecciones de 2026 consolidaron el papel de las redes sociales como el principal escenario de disputa política. Esto ocurre en transmisiones en vivo, grupos de WhatsApp, videos cortos, posicionamiento en el SEO de Google, posicionamiento en las IAs, en la web, comunidades digitales y contenidos creados por terceros.

Además, se sumó la participación de influenciadores, creadores de contenido, streamers y comunidades digitales con un protagonismo sin precedentes. Uno de los contenidos más virales se dio a través de figuras como Westcol, que demostraron que existen nuevas formas de influir en la conversación pública que no pasan necesariamente por los medios tradicionales.

La dimensión territorial del fenómeno digital resulta igualmente reveladora. De la Espriella capturó el 68,6% de la intención de voto en la región Caribe en segunda vuelta, el 57,6% en la región Central y el 51,9% en la Amazonía y Orinoquía. Estas cifras no son producto exclusivo de la pauta tradicional ni de la maquinaria territorial, sino de una estrategia digital capaz de penetrar en regiones donde los medios convencionales tienen alcance limitado pero la telefonía móvil y el consumo de video corto son dominantes. La campaña entendió que el mapa electoral se disputa hoy, en buena medida, en las pantallas de dispositivos móviles de ciudadanos que nunca asistirán a un mitin pero sí verán tres veces el mismo video en sus grupos de WhatsApp.

6. Los debates perdieron centralidad

Durante décadas, los debates fueron considerados momentos decisivos de las campañas presidenciales. Hay quienes aún lo piensan. La elección de 2026 puso en duda esa idea. Los candidatos que asistieron a debates hablaron solos en cajas de resonancia pequeñas, mientras los dos candidatos que llegaron más lejos en la competencia electoral no construyeron su éxito alrededor de los debates. Incluso en la segunda vuelta, estos espacios no existieron.

Cabe resaltar que lo importante no es el debate en sí, sino el postdebate: las conversaciones que genera, lo que se logra, lo que se dice en la disputa en los otros canales. El contraste es estadísticamente significativo: el candidato que más debates presenciales protagonizó en primera vuelta no superó el umbral para acceder a la segunda. De la Espriella, que construyó su comunicación en otros formatos, lideró la primera vuelta con una ventaja de más de diez puntos porcentuales sobre su inmediato seguidor.

Esto no implica que los debates carezcan de valor —de hecho, las interacciones que detonan son importantes cuando se amplifican en redes—, sino que la centralidad decisiva que se les asignó durante décadas ya no se sostiene empíricamente en el ecosistema mediado por algoritmos de distribución de contenido.


7. Existen múltiples campañas dentro de una misma campaña

Una de las transformaciones más interesantes de la comunicación política contemporánea es que las campañas ya no controlan completamente su propia narrativa. Alrededor de cada candidatura aparecen comunidades digitales, influenciadores, grupos de apoyo, activistas y creadores de contenido que producen mensajes propios, muchas veces sin coordinación directa con la campaña oficial. Memes y videos hechos con IA de "El Tigre", que nunca salieron de la campaña directa, fueron virales y movilizaron al electorado.

La elección mostró que existen múltiples campañas paralelas actuando al mismo tiempo. Algunas más moderadas, otras más radicales; algunas dirigidas a públicos específicos y otras enfocadas en nichos muy concretos. La campaña oficial es apenas una parte de un ecosistema mucho más amplio.

8. Los gobiernos extranjeros también juegan

La injerencia extranjera en elecciones siempre está presente, ya sea por legitimidad internacional o para influir en debates políticos e ideológicos. El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, apareció en momentos clave de la campaña junto a Abelardo de la Espriella. Javier Milei expresó públicamente su simpatía hacia esa candidatura desde Argentina. Desde Estados Unidos también hubo pronunciamientos y señales políticas durante el proceso electoral. Al mismo tiempo, sectores cercanos al progresismo fortalecieron vínculos con referentes internacionales afines, incluyendo encuentros con el gobierno mexicano.

El valor comunicacional de estas alianzas internacionales reside en su función de marco interpretativo. Cuando De la Espriella declaró públicamente "Vamos a hacer una llave con el Gobierno de Estados Unidos y con el presidente Trump", no estaba simplemente enunciando una postura de política exterior: estaba apelando a un imaginario de orden, autoridad y pertenencia a un bloque ideológico global que sus electores ya conocen y valoran.

La mención de Trump, de Milei o de Noboa actúa como una señal de código que condensa, en un solo nombre, posicionamientos sobre el rol del Estado, la seguridad, la economía y la identidad cultural. En sentido inverso, los encuentros del progresismo con el gobierno mexicano operaron para su electorado como una validación de coherencia ideológica transnacional. Ambos movimientos utilizaron la dimensión internacional como un recurso de comunicación doméstica tanto o más que como una estrategia diplomática real.

9. La ideología sigue viva

Se habló del fin de las ideologías. Las elecciones de 2026 demostraron que la ideología continúa siendo una herramienta poderosa para ordenar el debate político. La confrontación entre derecha e izquierda volvió a ocupar un lugar central en la conversación pública, aterrizada constantemente en posturas sobre la familia, la economía y el tamaño del Estado, entre otras.

Aunque aparezcan nuevos formatos, nuevas plataformas y nuevos liderazgos, las grandes identidades ideológicas siguen teniendo capacidad para movilizar votantes y estructurar preferencias electorales. Un ejemplo particularmente ilustrativo es el uso del sintagma "heredero de las FARC" aplicado a Iván Cepeda. Independientemente de su veracidad factual —y de los debates jurídicos y políticos que esa afirmación conlleva—, su eficacia comunicacional es innegable: en tres palabras condensa décadas de historia del conflicto armado colombiano, activa memorias emocionales profundas y posiciona al adversario en el extremo más rechazado del espectro ideológico por amplios sectores del electorado.

Del mismo modo, la oposición binaria "nunca" versus "siempre" fue un dispositivo ideológico de alta eficiencia: resolvía en una sola dicotomía la confrontación entre el cambio y la continuidad, entre el ciudadano común y la clase política establecida. Que estas operaciones de enmarcamiento ideológico sean hoy vehiculizadas a través de videos cortos y memes no las hace menos ideológicas; simplemente las hace más veloces y más ubicuas.

10. Toda campaña necesita un enemigo

La comunicación política sigue funcionando a partir de contrastes. Las campañas más exitosas son aquellas que logran identificar con claridad aquello que combaten, cuestionan o buscan transformar. En términos comunicacionales, los adversarios ayudan a simplificar mensajes y ordenar narrativas.

Durante la campaña, Gustavo Petro intentó posicionar amenazas asociadas a la mafia y la violencia, mientras que Abelardo de la Espriella logró instalar marcos relacionados con la izquierda, el gobierno Petro y los llamados "los de siempre". Más allá de quién tuviera razón, la elección confirmó que la construcción de adversarios sigue siendo una herramienta central de la comunicación política.

11. La inteligencia artificial llegó para quedarse

La inteligencia artificial dejó de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una herramienta cotidiana de campaña. La IA ya forma parte del arsenal estratégico de las campañas modernas y su influencia probablemente aumentará en los próximos procesos electorales.

Durante la elección aparecieron contenidos generados con inteligencia artificial: piezas hiperpersonalizadas, videos emocionales y formatos visuales imposibles de producir con la misma velocidad hace apenas unos años. La campaña de Abelardo generó constantemente videos emocionales que lo exaltaban como candidato y contaban historias que explicaban su narrativa.

El diagnóstico de Beccassino sobre la campaña de Cepeda apunta directamente a este punto: "operó con tácticas efectivas en 2018-2022 pero inadecuadas para las condiciones actuales".

Lo que cambió entre esos ciclos no fue solo el panorama político sino el ecosistema tecnológico. Una campaña que en 2022 podía competir con un buen equipo de redes y piezas gráficas bien diseñadas enfrenta hoy un entorno donde el adversario produce decenas de videos emocionales generados con IA en el mismo tiempo que antes requería producir uno. La velocidad, el volumen y la hiperpersonalización del contenido que habilita la IA no son una ventaja marginal: representan una diferencia cualitativa en la capacidad de saturar el espacio de atención del votante. Las campañas que no integren estas herramientas en su ADN estratégico no compiten en el mismo partido que aquellas que sí lo hacen.

12. La plata ayuda, pero no gana elecciones

Las campañas de Paloma Valencia y Santiago Botero demostraron que disponer de recursos económicos importantes no garantiza el éxito electoral. La financiación sigue siendo relevante porque permite contratar equipos, producir contenidos, recorrer territorios y ampliar capacidades operativas. Sin embargo, los recursos por sí solos no generan conexión emocional, identidad política o movilización ciudadana.

A modo de conclusión

La comunicación política es cada vez más sofisticada, más emocional y más competitiva. Los partidos pesan menos, las redes pesan más, los liderazgos individuales siguen siendo determinantes y la tecnología transforma permanentemente las reglas del juego. Sin embargo, por encima de todas las tendencias, hay una lección: las campañas exitosas son aquellas capaces de integrar estrategia, narrativa, organización, capacidad de producción, tecnología, emoción y liderazgo dentro de un mismo proyecto político.

Sobre el autor

Juan José Aux Trujillo

Consultor en comunicación política y estrategia electoral con más de 7 años de experiencia en Colombia y América Latina. Ganador de 4 premios Napolitan Victory Awards. Ex Secretario de Comunicaciones de Medellín (2020–2023). Ha asesorado campañas presidenciales, locales y regionales en múltiples países.

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